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Verde la belleza

Mientras caminaba, rozaban sus piernas desnudas con las yerbas más altas, rasgando esa melodía del roce rugoso entre el campo y la humanidad. Un sonido perdido entre la maraña de caricias de la naturaleza, que viajaba, al son del viento, creando las formas más abstractas en la superficie. La piel erizada, fruto de las sinuosas hojas, brote despiadado de la insignificancia que se resiente al conocerse pequeña frente a tal deidad.

Los pies apoyaban mullidos el paso desde la selva hacia el monte claro, donde podía observar todos los encantos. Atrás dejaba un camino milenario, comenzado por quién se dijo primer humano y había distanciado algunas posturas enfrentadas, entendimientos divergentes de lo puro y de lo hermoso. Qué absurdo parecía ahora, mientras deleitaba sus sentidos con el viaje, un entendimiento tan superfluo que basaba lo negro en lo oscuro, lo blanco en lo gris y lo bueno en lo diabólico. Sin quererlo, sin querer verlo. Especies perdidas en su razón, indigentes del conocimiento, vagabundos entre los rascacielos más altos, que querían tocar el cielo, lo ostentoso, lo enorme y bravo. Faltos de amor. Pero todos los equivocados ya se habían extinguido.

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Y ella había caído del cielo tras tropezar, y al golpear el suelo derramó luz en lo terrenal, convirtiendo en perfecto lo imperfecto y lo perfecto, en evidente. Nos enseñó la falta de vanidad en lo atrevido, lo innecesario de nuestras concurrencias, las conexiones de coyuntura. Una única verdad, sin dualidades, divina, perfecta, del mundo de las ideas. La belleza se volvió suave.

Antes de aquello: solo suposiciones, creencias, fabulaciones… Lo propio de una lucha sin cuartel por proclamar dignidades, por legitimar sin sustancia una convicción. Que absurdo, que absurdo… Se peleaban en debates, se repartían lo escaso, morían pálidos por sus riquezas mundanas, bienes pequeños, tesoros sin valor. Por lo que vivían en vano los hombres, historias terribles del pasado, mujeres hambrientas, niños aburridos, hombres cobardes, y todo para acabar destruyendo lo que se quería conservar. Andar diciendo y contando y besando, y amando y mirando, llorando de placer; o quizá correr a una meta inexistente, lejana, fronteriza con los sueños, inalcanzable.

Donde el tiempo nunca pasa

En lugar del disfrute, encontraron la penuria por buscar el disfrute. Que error tan horrible malgastar vidas en su búsqueda, sin saber que la búsqueda colorea la mirada de ignorancia profunda y anula lo buscado. ¡Cuánto tardaron en entender que aquello no se busca, que aquello se siente, que aquello es la vida! Marilyn desnuda se dirigía al lugar donde había caído al mundo tiempo atrás. Allá, más arriba, en la colina, donde el tiempo nunca pasa. Al avanzar por la cuesta, la naturaleza se levantaba cada vez menos palmos. Ya entreveía los pies sobre el suelo, su caminar firme sobre un terreno que no resbala ni engaña.

Al llegar, esculpido en un paisaje con mil historias,  sólo se advertía la paz y Marilyn desnuda pudo contemplarse.  Era el punto cardinal de una jornada histórica, de la iluminación de toda una generación de generaciones, algo nuevo, algo casi perfecto.

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Lo que ella mostró al mundo es un camino. La forma de vivir, basada en el amor y el odio, nunca había sido ni suficiente ni acertada. El primer paso para acabar con ello fue acercar la humanidad a lo increíble, a lo imposible: comprender que la belleza es sólo humana y reside en lo caótico.

Y sobre ese punto cero del conocimiento, atril del universo: el busto de una mujer sin vestir, con la piel empapada, brillante, atrevida. La curva de la belleza cubierta de un cabello de oro. Oteaba, sin palabras, lo ininteligible, lejano paisaje desordenado, suma de ideas materializadas, naturales, artificiales, espléndidas, fogosas, redimidas…

Las ideas son tan inalcanzables como irreductibles, y cualquier ideal será majestuosamente fijado como canon, y fijará de tales o cuales maneras la esencia del ser. Esencias que llevamos dentro, que sobreviven al horizonte, que rebosan a las palabras y a los actos, y a este mundo, y al siguiente. Irrealizables, no por su imposibilidad, si no por ser aquella hoja de ruta básica para esta vida, unas instrucciones para mirar, para disfrutar sin comprender.

Es inherente al hombre, creado a la imagen ideal. Existe en cada persona un alter ego perfecto, y la belleza es ese camino para alcanzarlo, es una mudanza, una escapada de tres días, una acampada en la intemperie… es una flor.

Trataban los antepasados de confundir amor, amistad o estética con la propia belleza. Se quedaban pasmados mirando al camino que lleva a lo sagrado en lugar de recorrerlo. Por ello se mentían con otros conceptos desconectados. Por eso no avanzaban nunca: ¡no sabían que había que avanzar!

Lo que es bello y lo que no lo es

Demasiada fijación en el modo de obrar les permitió hacer otras tantas distinciones que hoy supondrían algo así como una falta al respeto común. Lo bueno y lo malo, lo transparente y lo opaco…  A tales diferenciaciones pierden fuera cerca de textos pseudodivinos. Claro que es un error con fundamento: obcecarse en la forma de operar pone de manifiesto lo negativo de todas las formas de no operar. Dejaban de lado lo importante y de ese modo lo enaltecían, sin saberlo. Pobres infelices alejados de lo puro.

La vida, para el hombre, ajustada a sus deseos, sin privarles de encantos, sin exigencias imposibles. Belleza es sencillez, templanza y la forma del agua, cambiante.

Marilyn desnuda pensaba aquello mientras sentía que sus manos acariciaban y palpaban las imperfecciones del cuerpo que amaba. Sentía con los oídos, que escuchaban la sabiduría de las olas rotas contra las arenas de Valencia, o los cabezazos de las copas de los árboles de Aquitania; exprimía y recordaba los manjares que había probado. La vida escuchada, susurrada, como un recital de poesía.

Cerró sus ojos y creó la belleza, y recordó las nubes teñidas de papiro sobre un paisaje verde. Verde intenso, verde la belleza.

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