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Parada y fonda

Lo primero que olvidé es el color de tus ojos, y cómo se arrugaban para tratar de escudriñar algo de dentro de mí. Nunca conseguías nada. A los días dejé de sentir tu aliento sobre mi mano, mi brazo que recogía tu postura inocente sobre la cama de tus padres, mancillada.

Reducida la marcha me incorporo para la próxima salida. ¿La rubia? No hombre no, la de la autopista. Vuelvo a reducir y ruedo la arenisca entre los surcos de tus piernas hasta detener completamente el vehículo, sobre una sábana de cantos rodados y ceniza.

Las palabras, abandonadas, dieron paso a roces de ropa, cremalleras y un asiento de copiloto que tratratra. Recoger a Madeline (nombre artístico) fue un impulso al busto más florecido. Nunca sonrió, y su piel tan mestiza como desnuda retrataba las cicatrices de un pasado heroico.

Los grillos y me atrapé en tu interior. Desgarrada la culpa, gemidos de madrugada. Y te echo de menos. Y disparos como un tanque que patrulla a la conquista de un terreno de nadie. Del mejor postor. De todos.

Atrevida la compasión. Tu inquietud por seguir andando sola, por marcharte, por dejarme aquí abandonado, sentado. Enemiga de las raíces, erigiste un muro de los vasallos y de puntillas miro los coches que pasan de largo por la carretera a Valencia. A tus caderas. A unas piernas cruzadas sobre una silla de plástico bajo una sombrilla cerrada.

Me echaste a los arrabales.

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Te conocí robando naranjas. Acariciando un paseo por el pastoso suelo del marjal. Huellas que se cubren de tierra y desaparecen en pocos días. Madeline cabalgaba y sus ojos en blanco y sus tetas golpeándome la cara una y otra vez. En los viajes, lejos del embuste que nunca te dije, encuentro bajo el polvo de un corazón magullado, la esperanza del latido que vibra, y que imparable, me consume.

Levantar la leva con la rodilla, machacar las marchas, arrancar el retrovisor en una explosión descontrolada. Yo quería abrir las ventanas y ventilar el aire y la duda. Pero tú, con tus mofletes que se levantan al sonreír, nos ahogaste en el desespero de no esperar a la primavera.

Madeline cabalgaba, pero tú, pirata del Bósforo, hiciste ruta al Norte y despreciaste un encuentro. Te escribo y te golpeo con una botella, todo al tiempo. Chocolate de Senegal, al Sur de su tripa, largo redimirme. Y abonado el saldo dejo caer del árbol la fruta más fresca.

El sendero espera ya vengado. Sus pasos se alejaban dirección al puesto.  Girar la llave para seguir mi camino dibujo su sombra sobre el muro de cal de la gasolinera abandonada. Igual la vi escogida entre los hombres y giró su cuerpo mal arreglado para sonreírme, negra la noche, por última vez. Pero no le importa.

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Ya estoy en ruta. Ya expiado, y continúo una lista de amores que me construyen y destruyen. Y siembro los labios con el rojo aroma de la noche que toca su fin. Tocarte y perderte, todo al mismo tiempo. La pleamar me deja seguir río arriba y continúo. Ya solté tu mano. Y empieza el lucero del alba a traerlas buenas y suertes, como una promesa al final de la carretera que va a Valencia.

En el momento más tenebroso, más oscuro, vino ya la mañana a brillar. No me cogió parado la luz que otros días cruzaba las cortinas y se posaba sobre nuestros cuerpos.

Y tú te fuiste. Y yo te tuve, y ahora también me voy.

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