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Nunca nadie

No quiero dar demasiada importancia a esta historia, pero al mismo tiempo creo que no debe pasarse por alto.

De niño, yo no solía recibir más regalos en Navidad que los que me regalaba a mí mismo. Lo cierto es que, por algún motivo que nunca llegué a entender, en mi casa esta celebración tan especial ni se celebraba, ni se especiaba. Y a mí me preocupaba que los demás se enteraran de que no había regalos en mi salón. Por eso, cada mes de diciembre apartaba un montoncito de dinero para poder comprarme algo para exhibir delante de los demás.

Conservé la costumbre hasta bien entrada la adolescencia, la última vez sumaba tantos como para frisar los diecisiete. Y así, un veintitantos de diciembre del 99 me dirigí con mi barba sin curtir –un frenazo de bicicleta, como me decía Padre- a una tienda en la que elegí un jersey para regalarme.

Se trataba de una prenda de lana o algodón, con un grosor considerable que seguro que me abrigaría bien. Tenía un estampado de cuadros mostaza y negro, una mezcla que yo no había visto antes y por la que mi jersey haría de mí un tipo interesante y original.

No había pasado un mes desde que lo tenía y ya lo había lucido en varias reuniones de amigos. Lo cierto es que la reacción de los demás no fue lo que me esperaba: se reían de mí. Tuve que soportar todo tipo de comentarios, que sí “parece un mantel”, que “quién te ha comprado eso” o incluso “pareces un mendigo”. Un amigo que se preciaba de aconsejar a diestro y siniestro, me sugirió que me hiciera un favor y no volviera a ponérmelo. Y yo, jodido, cada día llegaba a casa y se lo contaba a Padre, quien sentenciaba “son unos gilipollas”.

Hasta entonces, no me había dado cuenta de todo lo que me importaba la opinión de los demás. Y los comentarios, que eran cada vez más cruentos, no cesaban: “habría que ver tu armario” o “menudos huevos tienes”. Lo lógico habría sido, siguiendo las directas recomendaciones de mis amigos, guardar la prenda en un cajón y seguir con mi vida. Pero en contra de lo esperado, esta situación sacó de mi adentro un inusitado orgullo que desconocía poseer.

Al poco, descubrí algo maravilloso: mi jersey de cuadros tenía poderes mágicos: me estaba poseyendo de una forma agradable. Y como no conocía ningún otro jersey, ni ninguna otra prenda, cosa o persona, que tuviera poderes mágicos, me consideraba alguien afortunado. Y poco a poco, mi jersey, que tan poco gustaba, se fue convirtiendo en una obsesión personal que me confirió una entidad propia. Y yo, que ya no era como los demás, empecé a sentir como propio el hecho de ser un tipo raro.

Pasó el tiempo, y llegó un momento en que ya no me quitaba el jersey nunca. Lo llevaba a la universidad y a las fiestas e incluso al gimnasio y para dormir. Esto me fue despojando de todas mis relaciones: cada vez me invitaban a menos fiestas, dejaron de abrirme la puerta del gimnasio y en la universidad, aunque nunca llegaron a echarme, los profesores me incomodaban con sus miradas de soslayo, un recelo al ente diferente. Incluso en la biblioteca de la facultad de Literatura empecé a esconderme para evitar las miradas de los demás -y así fue como empecé a frecuentar los pasillos de libros raros-.

El jersey, como es lógico, envejeció a mi vez. Se deshilachó y los colores se apagaron al mismo ritmo que mis sueños e ilusiones. Corría 2004, las fiestas ya habían salido de mi agenda y había encontrado un trabajo de solitario en un sótano de la Calle Princesa donde tenía que revisar unos libros, y donde a nadie le importaba la mugre de mi capa de indigencia. Pero cuando me miraba al espejo me veía a mí mismo -o eso creía- y una sensación muy familiar me recogía y me permitía continuar.

Pasaron los años y comprobé cómo las demás personas continuaban viviendo su vida en grupo, en pandillas que les permitían batirse mejor en el duelo del día a día. No entendía que estuvieran tan empeñados en esta contienda estéril hacia la muerte. Les veía fuertes en una batalla que no puede ganarse, y en la que desde luego no importa en absoluto lo que lleves puesto cuando llega tu hora.

Unos años después, una llamada me informó de que mi padre, mientras trabajaba en su despacho de funcionario, tuvo un infarto que se lo llevó, de forma súbita, al otro lado. Mi reacción fue de incredulidad, hasta que en la quinta planta de un hospital de la plaza de Cristo Rey, comprobé que su cuerpo tendido como un espárrago no tenía pulso ni aliento. Después, firme unos papeles y fui a la oficina a recoger sus cosas.

Revolviendo los enseres, bártulos antiguos y demás mierda de sus cajones, de pronto un escalofrío me recorrió y me dejó totalmente paralizado. En un cajón, perfectamente doblado, había un jersey deshilachado de cuadros de mostaza y negro desgastados. Sobre él, una nota: “Yo ya me he rendido”.

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* * *

Un día cualquiera, me desperté y salí de casa para ir a trabajar, y andando por la calle Velázquez me di cuenta de que ya no entendía las conversaciones de los demás. Me había olvidado del lenguaje y al intentar escuchar a los transeúntes, tan solo llegaban a mis oídos unos ruiditos agudos. Eran como ardillitas compartiendo una piña y comentando lo delicioso de aquel áspero manjar.

Los días pasaban y la cosa no mejoró mucho. En lugar de acongojarme en la sombra, me tomé el asunto en serio y traté de resolver el misterio. Primero, fui a comprobar si al intentar comunicarme con dos señoras con rulos, de mi boca también saldrían esos ruiditos y toda la pesadilla acabaría ahí. Lejos de eso, mis palabras salieron con forma y contenidos claros, y las señoras me miraron como a través de los barrotes de una jaula. Después, vi a un señor noruego con un maletín que me seguía y  le grité -con pinta de loco-: “Eh, tú, ¿acaso eres mi guardián?” El noruego se desternilló de risa con crueldad y siguió su camino.

Con el tiempo, me acostumbré a no relacionarme con los demás y a sus ruiditos – o a los míos-. Y con más tiempo aun, empecé a hacer descubrimientos: algunos de sus extraños sonidos tenían sentido. No los comprendía, pero su particular belleza los distinguía de los demás. Así, me fui empapando de los sonidos más hermosos. Un entretenimiento excéntrico por el que conseguí mis primeras pesquisas en esta extraña situación.

Y entretanto, me enamoré de una chica llamada Catalina. Su nombre era así porque el ruidito que le acusaba sonaba parecido. Yo me fijé en ella, pero nuestra relación no habría sido posible si ella no se hubiera fijado también en mí, dada mi parálisis que me catalogaba como animal impresentable.

Iba a buscarla a su casa. Tocaba a la puerta con dos toques, lenguaje universal, y ella salía y nos íbamos. Nos sentábamos en un café y cuando ella parecía preguntarme qué quería tomar, yo respondía que “café con tiramisú”. Y el camarero me servía un coñac.

Salvando las blasfemias e insultos de auto-flagelación, yo llevaba años sin comunicarme, así que le conté a Catalina con ímpetu todas las cosas que me habían pasado. Y aunque ella no me entendía, se reía como coqueta, y me miraba con sus ojos azules, profundos. Como una promesa estival.

Sin hablar, nos entendíamos. Y yo empecé a enseñarle mi lengua.

Pronto fuimos una pareja normal que tenía una vida normal, o algo parecido. Como ella era bilingüe, tenía un buen trabajo que le daba suficiente dinero para mantenernos a los dos. Y yo, que había sido despedido de mi oficio de revisor de libros por discrepancias con mi jefe, empecé a quedarme en casa. Tenía la compañía de la hermana de Catalina, cuyo nombre nunca supe, y que me odiaba con fuerza. Aun así, me ayudaba con las tareas de la casa. Creo que su vida estaba llena de penurias, y por eso venía cada mañana a apagar su amargura conmigo.

La familia creció, y mi vida empezó a girar alrededor de Marcos, a quien llevaba al colegio cada mañana. Marcos creció en el bilingüismo también, lo que le trajo algunos problemas en la escuela. Ser el hijo del tipo raro que no sabía hacer los ruiditos no ayuda. Fuera de casa no era un niño feliz, pero cuando llegaba a casa por las tardes, alcanzaba el éxtasis al encerrarse en su cuarto y enfrascarse en las lecturas de Tom Sawyer y Los Mosqueteros primero, y en Ana Karenina y Crimen y Castigo después, obras que mantenían su lenguaje puro.

Cuando su tía le pillaba leyendo, le daba capones y collejas, lo que le freía el cerebro y le empujaba aun más a ser un chico diferente. A mí lo que más me preocupaba era que, siguiendo la tradición de su padre y su abuelo, un año se comprara un jersey de cuadros negros y mostaza para el día de Navidad.

Un día cualquiera, mientras yo andaba por la calle Zurbano sumergido en mi soliloquio mundano, vi a un hombre noruego con un maletín que venía hacia mí. Cuando me pongo nervioso, estornudo. Y cuando nuestro amigo nórdico estaba a dos palmos, le estornudé en el traje. Sacó un pañuelo y mientras se limpiaba con asco, dijo en un castellano sorprendentemente claro: “Veo que ya has elegido a tus acompañantes. Aquí tienes los billetes”, y me extendió un sobre cerrado.

Esa tarde, al llegar a casa, abrí el sobre. Había tres pasajes para un vuelo a Amauroto, una isla exótica que no existe, por la que pasa el río Anhidro y donde hay un aeródromo con línea regular de Iberia. Sin dudarlo, hice las maletas y me llevé a Catalina y a Marcos, entre algunas quejas, al aeropuerto de Barajas.

A la mañana siguiente, cuando mi cuñada entró en la casa, no quedaba nada. Solo una nota en el suelo que rezaba: “Estamos bien”, y que nadie supo descifrar nunca.

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