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Matar a Dios o capear la autoridad


Decía Nietzsche que “en otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con Él han muerto también esos delincuentes”. Era tónica doblegada la de quien absorbía antaño, con aguja hipodérmica, sensaciones ajenas. Nada menos, porque no podría ser de otra forma, las tornas son otras.

Y quizá sea el momento. Paradigma de opciones y posibilidades, además de vastas tundas de información digital, infinita. Potencias y capacidades, ensanchando, con tiempo; desechadas. Por miles, pantallas vacías, mujeres inocuas, hombres inocuos, absurdos. Una mayoría infante que permite que desde la retaguardia se pueda observar y manejar la estrategia. Es un acervo para el estudio detenido, una amalgama de puertas abiertas, a un campo deshabitado y desconocido.

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¿Qué es primogénita, la contingencia o su coyuntura? Sabemos que sin las determinadas habilidades no es posible alcanzar parejas metas. Pues sólo se podrá coger ventaja con el más disruptivo cambio de argumento. Como esos libros que muerden y pinchan de los que hablaba F. Kafka, y es que “si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo?”

Con ÉL han muerto los delincuentes… romper la estructura jerárquica de la autoridad social refutaría el sentido primero de la desobediencia. Dotar de autoridad autónoma al individuo.

Liberación, anarquía. Romper con un hacha el hielo que hay dentro de nosotros, sumergirse hasta el pecio que suspendido en el suelo de nuestro subconsciente alberga los orígenes, verdaderos, del iusnaturalismo. ¿Qué orden se nos dio?

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Descubrirlo, encontrarse, agarrar con fuerza las riendas del sino, desquitarse de las guías. Desligarse de la comunidad para poder operarla a mano suelta, con comprensión fehaciente y moral impoluta.

Hablo de revolverse contra quien se tilda de autoridad, como el acorazado Potemkin desvelando un nuevo futuro oriental; Sancho el Fuerte al rasgar las cadenas de la cabeza del califato en las Navas de Tolosa y aquel pueblo hambriento que desfilaba, un Domingo Helado, para destronar a Nicolás II, último de los zares.

Eternas hazañas que aun reverberan heráldicas, y no por osadas, si no por semánticas. Voluntades de cambio que ensartaron sus cuchillos sobre quien se asentaba como intocable. ¿Cree usted conocer la línea entre el bien y el mal, el ying y el yang? ¿Realmente se considera heredero legítimo de las letras de Zaratustra?

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Se hace camino al andar, y seguir caminos andados por otros, ¿es avanzar? Propongo un retardo para planificar un pedestrismo digno del Olimpo, que con azada segue las rutas que Marco Polo no pudo imaginar. Y con nuevas reglas. Destruir una moral que por inaplicable e inconquistable no es codificable. Unir el ius natural a “lo que debe ser” positivo, que no debería ser algo forzado, más que suave como el espolvoreo de la verdad sobre el germen de la vida.

¿Un ordenamiento que no condene? ¿Un codex ajeno a necesidades? Sí, un texto positivo que destape la vida y la verdad, no la lucha y el conflicto. Que se erige sobre los jefes y otras autoridades. Y que grita “¡Quien crea la moral, debe destruirla!”

Y por eso, tal y como decía Friedrich, “así habló Zaratustra”.

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