La desigualdad en la frontera entre un barrio rico y un barrio pobre

¿Alguien sabe qué estamos haciendo?

Nullius in verba como santuario del cuestionamiento eterno. Tanto, que reza como divisa del método científico de la Royal Academy londinense. Lugar de liberación para un Newton deprimido, que salió de la fosa como Horacio rompió el yugo de la esclavitud en sus epístolas. Fue tan libre este Isaac que sobrevino a la salud de Robert Hooke y lanzó su retrato a las llamas de la cobardía para reinar sobre un conflicto por algunas patentes. Y le desterró al olvido. Todo un oportunismo maquiavélico.

Fue sin duda una obra colérica de la razón, fin inusual de materia en disputa que tiñó de ardides y tretas rincones de la ciencia universal en tales años. Así de osada, per nefas, fue dejar desnuda la silueta del marco sobre la pared de la que cuelgan quienes rigieron las más célebres fórmulas matemáticas. Aunque todo soliese acabar en una pataleta y una meada en la cama.

Una nueva era en el arte de tener razón.

Y todo a la vista de los rostros expuestos en serie en un salón de Londres, turbados por tal giro dramático, vana deferencia a un Hooke desarmado por la muerte. Hasta a Schopenhauer se le cayeron los anillos al observar tanta potencia en la dialéctica. Se lleva así, hasta un extremo sin mesura, la argucia sofística que césares supieron tratar, coronándose eternos y bondadosos por la virtud del victorioso en batalla aun con inenarrables vicios. Inenarrables por desconocidos, claro.

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“La historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intención de escribirla”.

W. Churchill

Presos del estigma de una inmoralidad humana residente de origen y en la superficie basal. Una trama que reconoce más alto pedestal a la victoria sin fundamento. Inherente a la congénita vanidad, susceptible en todo lo concerniente a la capacidad intelectual, y que sin embargo especula para que aparezca como falso lo verdadero, y lo verdadero, como falso.

Esta misma falta de honradez quiere encontrar o encuentra excusa en la ambición, y eso es algo que atenúa su obscuridad y hace entrever las obstinaciones de grandes aventureros, que por impetuosos se tropezaron con nuevos tipos de muerte y también con diferentes avances, siendo siempre célebres si se bien acompañaron de un tintero.

El progreso se dibujó sobre ríos de sangre, porque maestros de la entropía, por acicalarse en su propio falso positivo, fueron más allá. Escrutaron los caminos y desenterraron fascinantes historias de vacunas bióticas que alargaron la vida a Marifé, de 113 años y que merodea Moratalaz desde cuando “todo esto era campo”. Y se lo atribuyeron a sí mismos, aunque lo hubiera descubierto otro.

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Archienemigos de los mares en calma que encontraron en el caos la esperanza, en las curvas significados y en la antipática escalada hacia la santificación de su propio ego, un destino. Y que destaparon botines hasta entonces inhóspitos en cunetas donde no habían llegado ni las gasolineras castellanas. Y que se lucían sobre sus propios pendones en pos de improperios a la verdad. Y que redactaban versículos que como letanías han supuesto los mayores entretenimientos inocuos de la Historia en la mayoría de los casos. Y que han generado algunos avances, sobre vidas erráticas, ríos de sangre y botellas de ron. Sobre las que habita nuestra sociedad, donde todos vivimos. Inmersos en el fraude.

Pero, ¿ y qué es la verdad?

Veritas est in puteo (la verdad está en lo profundo). Y es la apariencia una dote de malicia, pues sostener que algo es verdadero es una ocurrencia en nuestra comprensión la cual, a pesar de que puede reposar en aspectos objetivos, también requiere causas subjetivas en la mente del individuo que hace el juicio.

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Aunque no premeditados, quizá, el mundo lo hicieron los mentirosos. Con falacias que luego fueron ciudades de teoremas, sistemas plagados de bares e historias de amor. Y de industrias que queman el cielo y esbirros que se atascan cada mañana en la A31. Y niños que se ríen solos ante el televisor.

Porque el axioma básico de la teoría política interpreta al hombre como dueño de sí mismo, y también de su razón y de sus experiencias. Y de sus ideas, claro, supeditadas con cadenas de hierro a una coyuntura particular nunca menos cierta. Se produce así un inabarcable conocimiento total, que nos fuerza a las interpretaciones individuales, convertidas en series infinitas de verdades -verdaderas si sus silogismos lo son-. Tomamos estas opiniones y fabricamos un paracaídas. O desviamos un río. O cenamos cerdo, o no. O levantamos Israel. O lo bombardeamos.

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Y sobre esta tambaleante estructura, hacemos el mundo. Y así, la vida, se erige asimétrica, con altibajos y contradicciones. Pendiente siempre de un hilo, en permanente crisis. Permanentemente humana.

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